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Enseñar a esperar.

El que espera desespera, dice el refrán, y tiene mucha razón porque o no sabemos o no queremos esperar. Tendemos a la gratificación inmediata, lo quiero y lo obtengo YA, de ahí el éxito de las nuevas tecnologías de la comunicación, siendo el móvil el máximo exponente de este fulgurante ascenso: permite lo inmediato, lo instantáneo.

Es muy difícil no caer en el error cuando lo cotidiano, lo que nos rodea,  resulta todo lo contrario: lo normal es levantarse corriendo para ir al cole corriendo, para hacer los deberes corriendo, comer algo rápido y salir pitando para las extra escolares y volver rápido a casa para que nos de tiempo a cenar a buena hora y nos quede algo de tiempo antes de que nuestro cuerpo diga basta.

El triunfo de lo rápido, de lo exprés, ha dado al traste con nuestra tranquilidad, ha mermado la capacidad de la persona de tener paciencia y saber esperar sin desesperar. Ha oxidado nuestra ya rígida manera de entender el tiempo.

Si queremos exigir a nuestros hijos que sepan esperar, mejor demostrarles y empezar por revisar cómo andamos de paciencia los adultos, así tendremos una idea de cuánto les cuesta a nuestros hijos aprender a esperar. Si quieren algo especial, que esperen a un momento especial (santos,  cumpleaños, etc.…), así podrán entender que lo que vale la pena se hace siempre esperar. Si estás en medio de una conversación, enséñale a que pregunte si puede interrumpir; si hay colas que hacer, aprovecha para jugar a algo improvisado; si no encuentras lo que vas buscando, demuéstrale que no pasa nada, enséñale a esperar.  ¿Tú lo haces?

Luis Aretio.

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