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Educar es… agotador.

Porque educar es agotador en muchos momentos; también maravilloso y gratificante como nada en la vida, de acuerdo, pero agotador. Sólo pensar que educamos desde el primer “buenos días vaya mala cara que tengo” hasta ese último beso de “buenas noches a ver si te duermes pronto que mañana hay colegio y me quiero duchar que ya necesito descansar que estoy que me va a dar algo… ”. ¿Eso…? Eso cansa a cualquiera. Y no te vayas a equivocar, que entonces te queda una mañana, una tarde, una noche o varios días comiéndote la cabeza con los inevitables remordimientos de “qué mala madre o mal padre he sido… ”. Agotador.

Agotador porque nuestros hijos tienen más tiempo que nosotros para tendernos trampas y de una manera u otra salirse con la suya y dejarnos con un palmo de narices, o con mal cuerpo  incluso. Son capaces de tejer redes de escucha por la casa y se enteran de casi todo; “te prometo que yo no he dicho nada de eso delante de los niños”, esa es una expresión muy nuestra. Luego está la cara de bobos-perplejos que se nos queda, o a saber qué caras verán nuestros hijos realmente, cuando nos recuerdan con todo lujo de detalles algo que habíamos afirmado o prometido hace días, semanas e incluso meses atrás y que curiosamente en este momento es contrario a nuestros propósitos más pedagógicos, llevándonos a situaciones donde hay que decidir entre ponernos a discutir o dejar que se lleven el gato al agua pero sin que se note demasiado… lo dicho, agotador.

Agotador porque lo cotidiano supera a lo que antes era extraordinario, normalmente también porque el resultado suele ser demasiado diferente a lo deseado, y porque la rutina nos atrapa sin que nos demos cuenta; pasan los meses tan rápido como antes pasaban los días, y vuelan los sueños por el calendario en forma de carrera de obstáculos, o de maratón, porque hay momentos difíciles que duran demasiado y no vemos el final ni entendemos porqué duran tanto.

Educamos porque cuidamos, porque queremos y porque amamos. Educamos porque estamos expuestos a nuestra versión pública y diaria de nosotros mismos. Educamos desde la manera de amanecer cada día, que no siempre tiene que ser la misma, pero en su forma llevamos la marca de cómo nos sentimos y cómo queremos que se sientan nuestros hijos. Mediamos con nuestros valores más intencionados y también con los menos afortunados, nadie es perfecto ni lo va a ser, por eso no te preocupes, pero sí podemos hacer algo muy importante: aprender a crecer con nuestros hijos… y descansar de vez en cuando.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

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4 Comments

  1. Me he reído mucho viendo reflejado en tu artículo el día a día de nuestra casa. A uno le reconforta verse comprendido de una manera tan profunda… gracias, Luis.

    • Esa es la idea, pararnos y reírnos un poco de nuestra propia rutina; me alegro Miguel, y espero que sirva para darnos cuenta de que además de maravilloso, educar cansa pues no siempre estamos al 100×100 de nuestras capacidades, de que somos padres y madres de carne y hueso en todos los sentidos. Un abrazo y gracias por participar con tu reflexión.

    • Gracias Beatriz por interpretarme con tu comprensión claramente compartida. Somos lo que somos, personas que dan lo mejor de sí para sus hijos, aciertos y desaciertos incluidos, pero con todo el empeño (agotador a veces) de ofrecer lo mejor para nuestros hijos sin perder la naturalidad más terrenal. Un abrazo con lazo!!

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